El zaplanismo mutó en campsismo y a éste último se le irá poniendo conforme pasen los días cara de fabrismo. En realidad, igual que la energía, las adhesiones en política ni se crean ni se destruyen, se transforman. El virtual presidente de la Generalitaty líder del Partido Popular de la Comunitat Valenciana, Alberto Fabra, tiene ante sí el reto de aglutinar a toda la formación. Parte con el problema de arrancar con escaso capital, apenas un exiguo 15%, que es lo que pesa aproximadamente Castelló en el conjunto de la formación popular valenciana. De hecho, Fabra ni siquiera tiene a sus pies a la mitad de la organización provincial.
Su enorme y decisiva ventaja radica en que presidirá un partido que gobierna la Comunitat Valenciana por mayoría absoluta y esa es la principal fuente de carisma. El escenario de partida es un PPCV muy agitado. A un lado están los campsistas más incondicionales y, como líder de los críticos, un Alfonso Rus que no ha vacilado en expresar un sentimiento muy extendido: que Rajoy no ha consultado con nadie, ni siquiera como detalle, y Camps, en las horas en las que meditó su retirada, tampoco.
El miércoles, a la entrada a la Junta Directiva Regional que iba a aprobar el relevo, Rus dijo que se enteró «de lo que pasaba por la prensa». Lo mismo que toda la cúpula de los populares valencianos (salvo Cotino y Barberá), los consellers, presidentes de diputación, alcaldes y todos los que son alguien en el partido. Ayer, el presidente de la diputación y líder provincial del PP no dudó en proclamar que le habría gustado que le hubieran invitado a proponer posibles candidatos y que el partido pudiera haber barajado dos o tres opciones. La elección de Alberto Fabra, imposición de Génova, no gusta nada a Rus ni a sus partidarios. En las Corts, su gran aliado es Rafael Blasco. Su gran rival, Juan Cotino.
Que Rajoy no tuviera a bien consultar con Rus no deja de chocar con las continuas manifestaciones del también alcalde de Xàtiva y diputado en las Corts —plaza que le pidió a Camps para estar en primera fila por lo que pudiera pasar— en las que expresa su estrecha relación con el presidente nacional de los populares. «Mariano Rajoy es mi padrino político, entré en el PP de su mano y hablo mucho con él». Lo dijo el 16 de febrero durante una comparecencia ante los medios de comunicación.
La indignación es recíproca. Los campsistas no perdonan a Rus su actitud hacia el expresidente: «No por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer». Esto es, por no haber tenido una palabra, ni gesto, ni aplauso a Camps. El responsable de la diputación sufrió hace tres semanas el desprecio del exjefe del Consell en la designación del nuevo Ejecutivo. No ha sido la principal andanada contra Rus. Los campsistas, especialmente Cotino, hicieron algún amago para que no repitiera de presidente de la diputación, según fuentes del PP.
El inquilino del Palau de la Batlia no ha sido precisamente mimado por su vecino del otro lado de la Plaça de Manises en los últimos tiempos.
Su enorme y decisiva ventaja radica en que presidirá un partido que gobierna la Comunitat Valenciana por mayoría absoluta y esa es la principal fuente de carisma. El escenario de partida es un PPCV muy agitado. A un lado están los campsistas más incondicionales y, como líder de los críticos, un Alfonso Rus que no ha vacilado en expresar un sentimiento muy extendido: que Rajoy no ha consultado con nadie, ni siquiera como detalle, y Camps, en las horas en las que meditó su retirada, tampoco.
El miércoles, a la entrada a la Junta Directiva Regional que iba a aprobar el relevo, Rus dijo que se enteró «de lo que pasaba por la prensa». Lo mismo que toda la cúpula de los populares valencianos (salvo Cotino y Barberá), los consellers, presidentes de diputación, alcaldes y todos los que son alguien en el partido. Ayer, el presidente de la diputación y líder provincial del PP no dudó en proclamar que le habría gustado que le hubieran invitado a proponer posibles candidatos y que el partido pudiera haber barajado dos o tres opciones. La elección de Alberto Fabra, imposición de Génova, no gusta nada a Rus ni a sus partidarios. En las Corts, su gran aliado es Rafael Blasco. Su gran rival, Juan Cotino.
Que Rajoy no tuviera a bien consultar con Rus no deja de chocar con las continuas manifestaciones del también alcalde de Xàtiva y diputado en las Corts —plaza que le pidió a Camps para estar en primera fila por lo que pudiera pasar— en las que expresa su estrecha relación con el presidente nacional de los populares. «Mariano Rajoy es mi padrino político, entré en el PP de su mano y hablo mucho con él». Lo dijo el 16 de febrero durante una comparecencia ante los medios de comunicación.
La indignación es recíproca. Los campsistas no perdonan a Rus su actitud hacia el expresidente: «No por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer». Esto es, por no haber tenido una palabra, ni gesto, ni aplauso a Camps. El responsable de la diputación sufrió hace tres semanas el desprecio del exjefe del Consell en la designación del nuevo Ejecutivo. No ha sido la principal andanada contra Rus. Los campsistas, especialmente Cotino, hicieron algún amago para que no repitiera de presidente de la diputación, según fuentes del PP.
El inquilino del Palau de la Batlia no ha sido precisamente mimado por su vecino del otro lado de la Plaça de Manises en los últimos tiempos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario